sábado, 3 de enero de 2009

La Integridad de la Familia en tiempos de crisis

EDUFAMILIA MEXICO
Te invita a la conferencia:


"La integridad de la Familia en tiempos de Crisis."

· La Crisis actual mas allá de la economía.
· Reto, prueba y aprendizaje.
· La Familia como centro de abundancia.
· El valor de la unidad familiar.
· Oportunidad y decisión.

Ponente: Dr. Luis Oscar Echeagaray Alfaro.
Médico Cirujano Director General SMD, Desarrollo humano en valores, comunicación y relaciones humanas, Reingeniería Personal con PNL.
Vicepresidente Edufamilia México.

Fecha: MIERCOLES 21 de ENERO DEL 2009 a las19:30 hrs.
Cuota de recuperación: $ 100.00 por persona.
Lugar: Auditorio UCIC, en calle 27 SUR # 706, a media calle de Av. Juárez,
Col. La Paz. Puebla, Puebla.
Estacionamiento en: VIP´S de la Juárez y Estacionamiento subterráneo de la Juárez (debajo de VIP´S, entrada sobre Av. Juárez esq. con 25 Sur).

Habrá exposición y venta de libros en temas relacionados de Familia, Desarrollo humano, educación y varios temas mas.

Informes:
Edufamilia México. Teléfonos. (222) 403.63.63, 304.51.90.
I.D. 62*14*67890

jueves, 7 de agosto de 2008

Fundamento Antropológico de la Familia

Edufamilia México

Te invita al Seminario Intensivo de 21 hrs. curriculares:
“Fundamento antropológico de la familia”

Con el: Dr. Tomás Melendo Granados, catedrático de la Universidad de Málaga, y Fundador de Edufamilia.
Filósofo y estudioso del verdadero sentido de la familia y las virtudes humanas.

Los días: 17, 18 y 19 de Septiembre del 2008.

· Catedrático de Filosofía (Metafísica) de la Universidad de Málaga.
· Doctor en Ciencias de la Educación.
· Doctor en Filosofía.
· Director del Master universitario en ciencias para la familia. (Universidad de Málaga).

Inscripción hasta el 31 de Agosto: $ 3,500.00
A partir del 1 de Septiembre: $ 4,000.00
Se entregará diploma de asistencia.

Informes e Inscripciones:
Instituto Ágora-Edufamilia México.
19 Poniente 306. int. 6. Col. El Carmen. Puebla, Puebla.
Tel. 01(222) 403.63.63, 304.51.90.
I.D. 62*14*67890.
Sede: Hotel Villa Florida Puebla. Tel (01.222) 273.2222
Blvd. Atlixcayotl No. 1100, San Andrés Cholula, Puebla.

Te invitamos a conocer Edufamilia y quien es Tomás Melendo en:
Página web:
www.edufamilia.com
Blog: http://edufamiliamexico.blogspot.com/

miércoles, 6 de agosto de 2008

El efecto felicidad por Tomás Melendo

Sobre la felicidad: para deshacer la paradoja

1. El “efecto” felicidad

La conquista humana de la felicidad entraña una notable paradoja: cuanto más se empeña uno en conseguirla, más parece alejarse de nuestras manos y convertirse en término de nostalgia siempre insatisfecha. Corresponde ahora esclarecer los motivos de esta especie de contradicción: averiguar las razones que hacen de la propia dicha una realidad escurridiza; más, conforme más estrechamos el cerco en torno a ella.

Los datos de la psiquiatría
En este caso, comenzaré acudiendo al testimonio de los psiquiatras, para después investigar las claves filosóficas del problema. Y apelaré con frecuencia al deleite sexual, porque, por razones tristemente obvias, este es el campo donde con más insistencia se han estudiado en nuestros tiempos los “mecanismos” del placer. Al respecto, sostiene de nuevo Frankl: “… en la medida en que el neurótico se preocupa del placer, pierde de vista el fundamento del placer, y ya no puede darse el efecto placer.”
Se trata de palabras inicialmente densas, pero que no deberían desanimar al lector, puesto que muy pronto se mostrarán comprensibles.Para lograrlo, preguntémonos, para luego responder por partes: ¿qué revela esta cita?, ¿qué añade a lo que ya sabíamos? Antes que nada, y de nuevo en modo análogo a los restantes sentimientos, que la felicidad y el placer son un “efecto”, una re-acción, y que ese efecto-reacción tiene un “fundamento” o causa. Y además —este sería el punto clave, puesto de relieve por la experiencia clínica, científicamente demostrado, y que por eso se debería aceptar—, que el efecto solo se consigue adecuadamente a través del fundamento. Cualquier otra táctica resulta inútil o, al término, perjudicial.

De manera genérica, lo expone el propio Frankl, tomando pie de una idea kantiana: ¿No es cierto que el hombre aspira propia y radicalmente a ser feliz? ¿No lo reconoció ya el mismo Kant, añadiendo tan solo que el hombre debe aspirar también a hacerse digno de la felicidad? Yo diría que lo que el ser humano quiere realmente no es la felicidad en sí, sino un fundamento para ser feliz. Una vez sentado este fundamento, la felicidad o el placer surgen espontáneos.
Si nos fijamos e intentamos recordar la explicación general de la vida afectiva, no hay gran diferencia entre lo que sucede con la felicidad y el modo normal de obtener sentimientos gratificantes: en todos los casos se trata de cumplir, mediante un conjunto de actividades más o menos complejo, el objetivo hacia el que tiende el deseo: un bien real y efectivo; de semejante consecución deriva el sentimiento de satisfacción o deleite; pero ya habría que añadir, de momento tan solo como sugerencia, que lo que en la felicidad se pone en juego es, en fin de cuentas, la voluntad con todas sus peculiares características, entre las que destaca con claridad que el fin propuesto ha de ser un bien real para el hombre íntegro: para la persona en cuanto persona… cuyas riendas lleva, en efecto, la voluntad.
Pero la cuestión no se limita al dominio de las relaciones corporales íntimas. En todos los ámbitos en los que gravita la felicidad se encuentra vigente la misma y fundamental ley: lo que la psiquiatría contemporánea ha demostrado experimentalmente y de manera científica e incontrovertible —por más que de entrada nos sorprenda— es que, si nos obsesionamos por alcanzar la dicha (en cualquiera de sus manifestaciones, pero sobre todo en las más hondas y elevadas), jamás la conseguiremos.
Al comentar las ideas de Frankl antes citadas, Cardona Pescador repite que la felicidad se obtiene siempre per effectum (como un corolario inesperado) y nunca per intentionem (como término directo de una búsqueda). Y explica los motivos de este hecho. Como sugería, la clave consiste en advertir que, para que sobrevenga el gozo o cualquier sano deleite de cierta envergadura (aquel que después no pasa factura por los frutos logrados de inmediato, al contrario de lo que sucede, por ejemplo con la droga), es menester alcanzar el estado de plenitud que constituye su fundamento. Eliminado este, no resulta posible la llegada de aquél; sustraído el inicio, desaparece la consecuencia: pues, según muestra la experiencia clínica, ambas realidades se encuentran trabadas como el efecto que deriva naturalmente de un principio, y solo de él, y esa misma causa que lo genera.
La cuestión podría expresarse en este sencillo esquema, inspirado en los que propone el propio Frankl:
Fundamento =============> efecto (felicidad o dicha)persona humana
(Según se observa gráficamente, y avala la clínica psiquiátrica, al dirigirse de manera desaforada en pos de la propia complacencia, cualquier persona se aleja del fundamento —distinto de la dicha misma, como he venido repitiendo— y ya no puede lograr, de manera derivada, que es la única forma de alcanzarlo, el efecto-felicidad).

2. El “fundamento” de la felicidad
Pero, entonces, surge de inmediato un nuevo interrogante: ¿basta con dejar de perseguir expresamente la propia felicidad para que esta llame a nuestras puertas?; ¿es suficiente con no obstinarse en ser feliz, con olvidarse de la propia dicha, para en efecto lograrla? Hay quienes así lo sostienen, y más adelante expondré cuánto pudiera haber de cierto y cuánto de errado en semejante planteamiento.Si admitimos, aunque sea como hipótesis, que la felicidad es una consecuencia no aleatoria, sino que deriva en fin de cuentas del propio modo de obrar y afrontar nuestras circunstancias, alguien tendría que explicarnos: consecuencia… ¿de qué?
O, con palabras más familiares: ¿cuál es el fundamento de la felicidad?Si la felicidad es una consecuencia no aleatoria, sino que deriva del propio modo de obrar y afrontar nuestras circunstancias, tendremos que preguntarnos: consecuencia… ¿de qué? O, con otras palabras: ¿cuál es el fundamento de la felicidad?

Lo que dice la experiencia
Antes de apelar a argumentos más de fondo, analizaré la experiencia común. ¿Qué nos provoca satisfacción? A una pregunta tan genérica no cabe contestar sin establecer un cúmulo de distinciones. Y es que, en efecto, son muchas las realidades, contextos y actividades que nos gratifican… Además, lo que nos agrada depende también de lo que cada cual busca y de la intensidad, ardor o pasión con que lo hace.

Satisfacciones “cotidianas”
En el plano más elemental, pero no por ello despreciable, se sitúa el simple bienestar fisiológico, tantas veces inadvertido, y, en conexión con él, el que produce un clima favorable, un paisaje privilegiado, la calma o el silencio de un lugar de reposo, etc. Toda una suerte de deleites sencillos que, hasta cierto punto y en la mayoría de los casos, nos vienen dados sin que pongamos nada de nuestra parte, que con frecuencia ni siquiera advertimos… y que, como mostraré más adelante, es imprescindible saber descubrir y gozar agradecidos. (Ahí reside, muy a menudo, el «secreto» de la felicidad: en aprender a apreciar con plena hondura lo cotidiano.)

Satisfacciones producto de un esfuerzo
A continuación se encuentran aquellas satisfacciones —incluidas las que acabo de mencionar, cuando han sido expresamente buscadas— que responden a un esfuerzo, derivado a su vez de una serie de llamadas o pulsiones, que en buena medida son naturales, aunque siempre se diferencien unas de otras, según las circunstancias de quien las experimente: lo que a menudo llamo la biografía de cada cual.Según recordara Spinoza, “la alegría es el paso del hombre de una perfec­ción menor a una mayor. La tristeza es el paso del hombre de una perfección mayor a una menor.”
Satisfacciones por acciones que nos mejoran Y de ahí que las satisfacciones más hondas y permanentes deriven no tanto de poseer o dejar de poseer ciertos objetos, sino del ejercicio de determinadas operaciones o actividades, en proporción directa a la mejora que estas generen en nosotros.
Desde semejante perspectiva, resulta clásica la distinción entre:
· Las actividades cuyo fruto principal es exterior a quien las realiza.
· Y aquellas otras que se desarrollan y permanecen dentro de quien las ejerce, como podrían ser el ver o el oír, el recordar, amar, experimentar ternura, aprender, etc., como consecuencia de las cuales quien mejora (o, en su caso, empeora) de forma directa e inmediata no puede ser otro que la persona que las realiza (quien aprende, ama, oye una buena sinfonía, contempla una pacificadora y sedante puesta de sol…).
Estas segundas, las que ahora nos importan, se denominan operaciones “inmanentes”, justo porque in-manent o permanecen —¡las acciones y sus efectos o resultados!— en aquel que las pone por obra. Y entre ellas se establece una nueva jerarquía de gozos, a tenor de la capacidad de perfeccionar al hombre que cada una posee.
El conocimiento y el amor, el amor inteligente o el conocimiento amoroso (es decir, la contemplación, resultado de conocer-y-amar, conocer-amando o amar-conociendo), son las operaciones más propiamente humanas (aquellas justamente que nos elevan por encima de los animales), y, por tanto, las que más y mejor nos hacen progresar como personas… y sentirnos felices.
El conocimiento y el amor son las operaciones más propiamente humanas y, por tanto, las que más y mejor nos hacen progresar como personas y sentirnos felices.

Hacia el fondo de la cuestión
La mejor tradición del pensamiento occidental distinguía entre dos elementos clave (que, sumados al apetito antes aludido, constituirían la dinámica propia de los sentimientos gratificantes). Es decir, una vez activada la tendencia correspondiente y llevado a término el conjunto de acciones con que respondemos a ella, nos encontramos con dos realidades (habitualmente unidas, pero no idénticas):
1. Por una parte, la perfección que alcanza el ser humano, en los distintos ámbitos en que despliega su existencia, al conseguir un determinado bien o fin: cuando logra adquirir el coche deportivo anhelado durante años, cuando escucha una buena sinfonía, contempla relajado un amanecer, comprende una verdad largo tiempo rastreada, descubre el lado bueno de un profesor o de un jefe al que antes aborrecía, vence la pereza para hacer un favor a un amigo, logra plasmar en el papel, en el lienzo o en la piedra el fruto de su inspiración artística…
2. Por otra, y como consecuencia, el gozo o delectación que se deriva de semejante conquista: pues, como ya expliqué, la mejora o engrandecimiento del ser humano van seguidos normalmente por el sentimiento de satisfacción; esto ya sucede, auque en grado mínimo, por la simple posesión de algo externo; pero, sobre todo, cuando —ante el espectáculo del mar en calma, la vista, y todos los sentidos internos con ella conectados y unidos a la inteligencia— actúan de manera adecuada, fluida y conveniente (plenísima, perfeccionando por ello a su sujeto)Y lo mismo, pero de más alcance, tiene lugar cuando alguien se reconcilia con otra persona con la que, con o sin motivo real, estaba enemistado: esa reconciliación, resultado, manifestación y origen de un amor más cabal, constituye un avance o mejora de envergadura en la vida de una persona.

Algunas puntualizaciones interesantes
Lo primero —la perfección— constituye un bien que cabría calificar como objetivo o, mejor, como real o constitutivo, en el sentido de que incrementa la valía del ser humano, de manera más o menos íntima o radical, según los casos. De ahí que, ateniéndose a aquellos bienes que son fruto de las operaciones inmanentes, Mme. de Staël podía asegurarnos que “la felicidad” no es “sino el desarrollo de nuestras facultades”: la mejora de nuestra capacidad de advertir la belleza, de relacionarnos con las demás personas, de soportar las contrariedades, de hacer el bien, de entregarnos…
Lo segundo —el placer, en sus más variadas modalidades: desde el deleite fisiológico hasta la dicha más espiritual y rebosante— representa el sentimiento, el eco, la resonancia o re-acción subjetiva de la perfección conquistada: nada más… y nada menos.
Esta duplicidad nos llevará más adelante a establecer una distinción clave, de una importancia excepcional en el mundo presente, entre: felicidad-perfección, por un lado, que es a lo que durante siglos se ha referido fundamentalmente los mejores al hablar de felicidad; y felicidad-dicha, por otro, que es lo que hoy entendemos casi siempre cuando decimos que alguien es o no es feliz.
Y al contrario: como veremos abundantemente al tratar el tema del alcohol y otras drogas, hay circunstancias en que el deleite (el segundo elemento) se logra artificialmente, sin conquistar antes, según reclama la naturaleza, la mejora personal de la que el gozo deriva.
Progreso objetivo, por tanto, y consecuente delectación subjetiva: tal vez esta distinción filosófica nos ayude a entender con mayor profundidad lo que antes considerábamos con el prisma de la psiquiatría. El deleite, cualquier placer de cierta envergadura, no debe perseguirse de manera directa porque, por su misma índole, se configura como la secuela, subjetivamente experimentada, de cierta plenitud o avance personal, con el que se colma lo reclamado por una o más tendencias. Es, por tanto, esa mejora personal lo que debe buscarse…, y no precisamente para ser feliz, sino en sí misma, por ser algo bueno… que nos permite amar mejor a los demás.
Pues, de manera análoga a como el dolor fisiológico constituye un síntoma, un aviso de que algo anda mal en nuestro organismo, el gozo que experimentamos, sobre todo el espiritual, es una señal de que se ha alcanzado un bien: la impresión subjetiva que resulta del propio adelantamiento.
Cabe concluir, entonces, que, atendiendo a la naturaleza de las cosas, la delectación o el gozo van a remolque del bien objetivo, de la perfección. En consecuencia, empeñarse en generarlos de forma directa, prescindiendo del adelantamiento del que dimanan, equivale a condenarse sin remedio… al más rotundo de los fracasos.
Incluso en las circunstancias en que, de manera más o menos artificial (mediante el consumo de droga, por ejemplo), lograra suscitarse el placer, se estaría caminando frontalmente contra el orden de la naturaleza. Esto quiere decir que: · Se introduciría una radical contrahechura en lo más íntimo de la esencia humana.
· Y el resultado final no podría ser otro que la destrucción del mismo ser del hombre, manifestada a menudo por medio de perturbaciones psíquicas y, siempre, por una fundamental infelicidad o desasosiego. Invertir la secuencia de las relaciones entre adelanto interior y dicha —o, mejor, intentar engendrar esta segunda prescindiendo del bien que la provoca, o sustituyéndolo por un bien solo aparente— es, en el más estricto de los sentidos, obrar contra natura.
Y esto no puede hacerse impunemente (es clásico el aserto que sostiene: “Dios perdona siempre; el hombre, algunas veces; la naturaleza, nunca”).
Lo confirma la ciencia experimentalEn este extremo, las investigaciones realizadas por los científicos a propósito de la droga resultan sumamente ilustrativas. Con base en las conclusiones de un estudio publicado en Medizinische Klinik por Álvarez-Sala, Cardona Pescador resume los fundamentos fisiológicos de la adicción a la droga, y se refiere a una curiosa paradoja, que él mismo califica así: “El placer es causa del dolor”.
Explica después —y cito casi textualmente— que el cerebro humano está integrado por dos hemicerebros:
1. El cerebro primigenio, o paleocórtex, que constituye el núcleo regulador de la vida emocional y afectiva, y en el que se encuentra lo que podríamos denominar “centro del placer”.
2. Y el otro hemicerebro, el neocórtex o cerebro nuevo, que es el específico del ser humano, y que interviene instrumentalmente —como condición— en la elaboración del pensamiento racional.La acción de la droga constituye el paradigma de estimulación directa: la sustancia química impregna de forma inmediata los núcleos del placer, y casi al instante se producen la euforia y el bienestar interiores, pero la excitación continuada, sin pausa y sin mesura, de este centro lleva a su agotamiento y exige ya sea cantidades progresivamente mayores de estupefacientes, o bien drogas cada vez más fuertes, hasta llegar a la saturación y ruina de las estructuras nerviosas.La otra vía de activación, la indirecta, es más fisiológica y natural. El estímulo parte del cerebro propiamente humano y, a través de las conexiones que los unen, llega hasta el paleocórtex o cerebro primigenio, donde aviva el centro de retribución cerebral (y ahora sí puede hablarse propiamente de recompensa). Todos los nobles esfuerzos del hombre —profesionales, artísticos, deportivos, de solidaridad, religiosos—, cuando desembocan en “misión cumplida”, emiten al cerebro inferior estímulos que alcanzan y hacen resonar el centro de remuneración cerebral: y el cerebro responde proporcionando el gozo genuinamente humano de la satisfacción tras la realización física, intelectual, espiritual o artística.A primera vista, esta última lleva todas la de perder, por su más difícil despliegue y porque muy a menudo exige un forcejeo previo.
La droga, en cambio, conmociona y hace vibrar de inmediato los centros del placer. Pero, a medio y largo plazo, la situación se invierte: extenuados por la acción del tóxico, los núcleos de gratificación se tornan también incapaces de vibrar por las vías normales de inducción desde el cerebro superior.
Por eso el drogadicto pierde la capacidad de ser recompensado por cualquiera de los grandes deberes o creaciones espirituales que proporcionan satisfacción al hombre corriente. Por estos mecanismos fisiopatológicos que he esbozado, al drogadicto “no le merecen la pena” el trabajo, el estudio, la lucha por la vida…Solo que la ingestión repetida del tóxico agotará y anulará a la larga el placer, y lo sumirá en un infierno de incapacidad para el goce, en el más completo quebranto de la salud y en una profunda y desoladora tristeza.

3. El gran equívoco
Las recientes investigaciones científicas confirman, pues, lo que intuían la filosofía y el sentido común de siempre:
· Que la búsqueda directa del deleite encierra un contrasentido y acaba por transformarse en su contrario: la desdicha.
· Y, de manera más o menos expresa, que debemos distinguir entre el fundamento del gozo y el gozo mismo… derivado de tal fundamento.
Los dos elementos constitutivos de la felicidadRefiramos ahora la cuestión al problema concreto de la felicidad. Y, en espera de ulteriores puntualizaciones, entendamos esta no como un bien cualquiera, objeto de una u otra tendencia concreta, sino como el bien sumo o supremo (resultado de la máxima perfección, más el máximo deleite) y estrictamente humano: o, si se prefiere, como bien personal, propio de la persona en cuanto persona, considerada como un todo, y no de uno u otro de sus integrantes aislados. Es algo similar a lo que nos recuerda Joubert: “El placer no es más que la felicidad de un punto del cuerpo. La verdadera felicidad, la única felicidad, la entera felicidad estriba en el bienestar de toda el alma.” De ahí que en la felicidad encontremos, matizados, los dos mismos componentes a que antes aludí:
1. En primer término, la mejora que acompaña a la consecución de un bien objetivo, que ahora, por tratarse específicamente de la felicidad o dicha consumada, será el bien o fin último, pleno, radical, propio de la persona en cuanto persona… en la proporción en que puede ir conquistándose en esta vida y, de forma ya total, en la futura.
2. En segunda instancia, la satisfacción subjetiva que sigue a ese progreso, y que ahora, consecuentemente, será la dicha máxima, absoluta, propiamente personal, no eliminada por aflicción alguna… también en la medida de su posibilidad en este mundo.En los últimos decenios, la civilización occidental ha inducido a representar la felicidad de una manera que se opone y contraría el modo natural de lograrla

Felicidad-perfección y felicidad-dicha
Dentro de este contexto, interesa detenerse en un punto de gran importancia, que sin duda extrañará a algunos de los lectores. A saber, y como ya he apuntado, que para los pensadores clásicos la felicidad (suma de perfección más deleite) no estaba esencial o substancialmente constituida por el segundo de los elementos que venimos considerando (que ellos denominaban delectatio o gaudium, y que nosotros traduciríamos como gozo, delectación, placer o felicidad-dicha: en definitiva, un sentimiento amplio y complejo y omniabarcante, tal vez el sentimiento supremo), sino por el primero: la felicidad-perfección, es decir, por aquella actividad o conjunto de actividades por las que nos perfeccionamos plenamente al alcanzar el Bien sumo.Con palabras literales de Tomás de Aquino: … los deleites corporales son los más conocidos […], pero existen otros superiores, en los que, sin embargo, no consiste principalmente la felicidad. Porque en cualquier realidad hay algo que constituye su esencia y otras cosas que se siguen de ella como sus accidentes propios […]. Sabido lo cual, es muy importante advertir que cualquier deleite es que sigue a la felicidad [felicidad-perfección] o cierta parte de esa felicidad […]. El bien conveniente al ser humano, si es perfecto, constituye la felicidad humana; si es imperfecto, es cierta participación de la felicidad, más cercana o más lejana a ella, o a veces solo aparente. De donde resulta manifiesto que ni la mismísima delectación que se deriva del bien perfecto constituye la esencia de la felicidad, sino algo derivado de ella como un accidente propio. [O también: según le parece], todos aspiran al gozo del mismo modo que al bien; pero el gozo lo apetecen en razón del bien, y no al contrario […]. Por lo que la delectación no es el bien máximo y por sí, sino que cualquier gozo se sigue de la consecución de un bien, y el gozo supremo [o felicidad-dicha] se deriva de la conquista del máximo bien en sí [o felicidad-perfección].
Hoy puede asombrar a muchos, pero, al hablar de un hombre feliz, ni Aristóteles ni Tomás de Aquino, ni sus contemporáneos aludían, directa o inmediatamente —de manera esencial— a la dicha de una persona, sino a su plenitud en cuanto hombre; no, por tanto, a ese “estar bien en la propia piel” o “encontrarse a gusto” o incluso “a tope”, en la actualidad tan traídos y llevados, sino a su progreso objetivo como persona humana. Y, de hecho, los mejores traductores de Aristóteles llevan ya tiempo vertiendo al castellano la voz eudemonía por expresiones como “vida lograda” u otras semejantes: no como felicidad-dicha (sentimiento), sino como felicidad-perfección (actividad o conjunto de actividades de mejora y logro de tal perfeccionamiento).“Car la béatitude n’est pas le souverain bien; mais elle le présuppose, et elle est le contentement ou la satisfaction d’esprit qui vient de ce qu’on le possède” (pues la felicidad no es el bien soberano, sino que lo presupone; la felicidad es el gozo o la satisfacción del espíritu que proviene de la posesión de ese bien —justo lo contrario de lo que acabo de exponer—); “la béatitude ne consiste qu’au contentement de l’esprit, c’est-à-dire au contentement en général (scil. absolument parlant”) (la felicidad no consiste sino en el contentamiento del espíritu, es decir, en el contentamiento en general o absolutamente hablando —y no en la perfección de todo el hombre, y no solo de su espíritu).
Este descentramiento hacia el sentido subjetivo de la felicidad, cuyo origen moderno podría rastrearse al menos hasta Descartes, se advierte todavía con mayor nitidez en ciertos continuadores de su pensamiento: como Locke (“la felicidad plena es el mayor placer del que somos capaces, y la miseria el mayor dolor. Lo que es capaz de producir placer lo llamamos bueno”), Stuart Mill, el propio Freud, Marcuse, etc.; y también, aunque de manera más sutil, en otra de las líneas de continuación del cartesianismo: Leibniz, Kant, Fichte, Schopenhauer… Por todo ello, cuando alguien se queja hoy día de que no es feliz, apela por lo común a un estado subjetivo, a un sentimiento de insatisfacción más o menos acentuado: la vida que lleva, el trabajo que realiza, el dinero de que dispone, los individuos con quienes se relaciona, los bienes que consume y de los que disfruta no consiguen proporcionarle (muchas veces a causa precisamente de su descomunal abundancia o de sus desmedidos deseos) el placer, la dicha, “a los que tiene derecho”.
Felicidad-derecho y felicidad-deberPorque, como anuncié, la transformación del deber en el derecho de ser felices sería la segunda gran diferencia entre el planteamiento tradicional, en sus mejores representantes, y el de algunos de nuestros contemporáneos. Y también la explicitación de este extremo puede provocar extrañeza. ¿Motivos? Por expresarlo de forma gráfica y un tanto paradójica, cuando Aristóteles y sus discípulos medievales hablaban de tendencia natural de todo hombre a ser feliz — “todo hombre desea naturalmente la felicidad”, decimos hoy, para justificar nuestro presunto derecho a serlo—, entendían la conquista de la perfección última personal no como derecho alguno, sino como un claro deber que afecta por naturaleza a cualquier ser humano y le obliga (antropológica y moralmente) a dirigir todos sus esfuerzos hacia el logro de la perfección en que el núcleo de la felicidad consiste.Con palabras de Tomás de Aquino: “En lo que respecta al fin último, todos están de acuerdo en aspirar al fin último; pues todos desean completar su perfección, que es lo que constituye el fin último” (¡la perfección, no la dicha que se sigue de ella!).En la medida en que buscamos de forma directa nuestra dicha, descuidamos por fuerza o incluso impedimos el logro de la propia perfección y, por lo tanto, la satisfacción que de ellas se derivaría
Puntualizaciones ineludiblesPara concretar mínimamente, cabría afirmar que: a) la mayoría de las personas está obsesionada por la conquista de la felicidad; b) ello deja una huella en la cultura; c) pero esto no elimina ciertos cambios.En cuanto al primer punto, es cierto, sin paliativos, que la mayor parte de la civilización actual que solemos denominar desarrollada (y probablemente no solo ella) está obsesionada por la conquista de la felicidad.No se ha alargado la vida, sino la vejez (con los problemas de convivencia transgeneracional que suelen acompañarla)
Pero esto no elimina ciertos cambios, en apariencia paradójicos, que vendrían a desdibujar la cuestión si no se examinan con calma. Entre ellos tal vez el más relevante es la sutil transformación que lleva desde la consideración de la felicidad como un derecho, en el sentido antes apuntado, hasta su imposición como una suerte de imperativo, que estigmatizaría a quien no lograra ser y manifestarse feliz.
(O, al menos, matizo por mi cuenta, puede engrandecerlo hasta límites no previsibles, cuando se acoge con la actitud propicia… igual que es capaz de hundirlo sin remedio cuando no sabe, no puede o no quiere afrontarlo correctamente.)
(continuará)
Tomás Melendo: tomas.melendo@edufamilia.com